Alas de agua

por | Dic 15, 2021

Suena el teléfono y mamá está al otro lado de la línea. Atina a decir mi nombre y una frase que se convierte en un martillo: Nos estamos quemando.    Mamá está demasiado asustada para explicar la situación.

Todo comenzó con el arrullo de la regadera, un baile de gotas que, como alfileres besan el cuerpo y el azulejo blanco del piso. Mamá está en la regadera. Ese momento de intimidad, de libertad absoluta en una soledad acuosa.  Un estallido por fuera de la ventana del baño rompe el momento.  Papá también lo escucha y sale a investigar. El fuego lo encuentra. 

Papá comienza a gritar. Su voz ronca, fuerte y autoritaria ahora está llena de miedo; debe decidir en cuestión de segundos qué hacer. Le grita a mamá que salga de la regadera.

—Nos estamos quemando—.

Ambos entran a una espiral de angustia. Su agilidad física ya no es la de años atrás. Su cuerpo es hoy frágil y su imaginación les juega una mala pasada. Papá intenta con el extintor. No funciona. Grita y pide ayuda al tío Luis, el vecino de la casa de junto.  Mamá toma el teléfono y llama a los bomberos. Nos estamos quemando.

No es la primera vez que el fuego la visita.

A los ocho años escucho un susurro, un aleteo, el canto de una ola. Me acerco a la ventana y muevo la cortina. La señora de rojo alza su capa y de ella salen flores ardiendo. El fuego me acaricia. Grito. Mamá suelta los cacharros de la cocina y corre.  Me grita que saque a Juny al jardín para pedir ayuda.  

Ver a mamá regresar del hospital con el cráneo a rape y una larga cicatriz de intenso rojo, no fue nada como verla luchar contra el fuego. Es una amazona en combate mortal. Abre la regadera y regresa de un salto. Ella no me ve. Tiene el fuego en los ojos. Flota entre las cortinas en llamas. Un baile lento, eufórico, final. Una patada desata el mar encapsulado en una tina. Mamá se erige diosa ante mí. El fuego a sus pies. Incienso y bruma son su nueva corona. Blanca devora a rojo.

Esta vez mamá tiembla. Papá enfrenta las llamas. Sella una llave y el fuego cierra sus ojos. Se escucha la sirena de los bomberos. Se pasan de largo. Regresan. Entran a casa y mamá suelta las lágrimas. El bombero le llama madre. Entran a la casa y revisan la situación. El bombero le dice a papá: Usted hizo el trabajo.   Los bomberos, un hombre y una mujer, los tratan con una dulzura inesperada. Sacan una silla a la cochera y los acompañan un rato. Papá los bendice en silencio.  Mamá tiene dos nuevos ángeles. Sus ángeles tienen alas de agua y por aureola llevan un casco amarillo.

Gracias al cielo mis padres están bien y sanos. 

Infinitas gracias al cuerpo de bomberos de la ciudad de Monterrey. Gracias a Enrique Cortina, despachador; al oficial en turno Gregorio Medrano Ruiz; a Juan Antonio Ramírez, Jesús Ramón Sauceda y Anna Laura Alejos quienes acudieron a casa y trataron a mis padres con gran sentido humano, con una ternura que me ha conmovido profundamente. Gracias por su valentía, nunca olvidaré que ustedes estuvieron dispuestos a interponerse entre el fuego y mis padres. 

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