Hacer las paces con mi cuerpo

por | May 5, 2022

Al día siguiente de cumplir 21 años me operaron de un nódulo tiroideo benigno. Todo empezó con un sencillo dolor de oídos que achaqué a las visitas a la alberca. En casa fue un terremoto. Acababa de salir de la universidad y estaba en el empleo de mis sueños en una agencia publicitaria.   Revisiones, estudios, médicos y más médicos. La operación fue exitosa, el cirujano me dijo que me haría puntada de cirugía plástica para que no quedara cicatriz. Hasta aquí todo iba bien.  

Unas semanas después de la cirugía debía acudir con el endocrinólogo, mi querido Dr. Juan Montes, él no era cirujano y me había referido a alguien más. Tenía días que la cicatriz me ardía y me dolía, estaba inflamada. La cicatriz que en un inicio era una línea finísima ahora tenía el grueso de un gusano de gomita, mismos colores entre un amarillo intenso y rojo.

En la sala de espera me encontré al cirujano y me dijo que era normal en las cicatrices queloides y que así se quedaría. No pude contener las lágrimas. El Dr. Montes me pasó a su consultorio y me consoló, lo que se puede consolar a alguien de 21 años, con una llamativa e intensa cicatriz de más de 10 cm de largo por otros de ancho, en el centro del cuello. La cosa no paró ahí. Montes me dijo mi cuerpo trabajaba demasiado rápido y ahora debía tomar medicamento, una pastilla diaria, la dosis dependería de cómo reaccionara mi cuerpo.  Cuando pregunté por cuánto tiempo tomaría el medicamento, la respuesta fue desgarradora: de por vida.  

Fue la primera vez que sentí que mi cuerpo me traicionaba.  Mi cuerpo, ese del que yo creía tener control total. Del que yo decidía que comía y qué no, tenía un nuevo poder sobre mí.   

Mis papás hicieron todo lo que les permití hacer por mí. Grité y lloré como nunca. Lloré por la cicatriz y por el medicamento, por lo que en ese momento consideré mi belleza perdida.    Mi papá intentó regalarme joyas para ocultar la cicatriz, mi reacción fue de una furia que aún hoy me cuesta trabajo admitir.  Optamos por un tratamiento para reducir la cicatriz, consistían en unas inyecciones directamente en el queloide.  No aguanté más de dos inyecciones, eran muy dolorosas. Lloraba yo y lloraba conmigo el nuevo cirujano plástico. Solo nos veíamos, las lágrimas tienen su propio lenguaje. 

No solo era este bombardeo de emociones y pensamientos sobre mi cuerpo, sobre la cicatriz, sobre el futuro; ahora se sumaba la gente. Sí, la gente suele ser imprudente y en muchas ocasiones desconsiderada.  —Enséñame tu cicatriz, déjame ver cómo quedaste, qué te pasó ahí,—han sido algunas de las frases que escucho con cierta frecuencia, incluso hubo quién quería tocarla.

Hoy ya no me importa si preguntan, pero llegar aquí no fue fácil. Pasaron muchos años y un proceso interior de adaptación y de volver a enamorarme de mí, de perdonar a mi cuerpo, de aceptarlo de nuevo, de negociar y hacer las paces.

A 23 años de esa cirugía de nueva cuenta tengo que hacer las paces con mi cuerpo, por otros motivos, por otros cambios. Y aquí estoy escribiéndole un texto que intenta decirle cómo hemos llegado hasta este jueves en el que me decido a poner en orden la cabeza y el corazón. Así que vamos a intentarlo, de nuevo y cuantas veces y letras sea necesario.

Querido cuerpo, hagamos un pacto de amor. Una promesa de entendernos sin palabras, solo con actos de compasión. Entiendo que tienes que transformarte y necesitas mi ayuda así como yo necesito la tuya. Le bajaré rayitas a mi intensidad, ten paciencia, será un reto, pero lo haremos juntos. Te pido que me ayudes: recibe cada alimento, rayito de sol, cada gotita de agua, cada suplemento y cada medicina con amor divino y transfórmalo en salud radiante.  Cuidaré mis pensamientos y te hablaré con el cariño que mereces.  Te abrazo y me abrazo. Te perdono y me perdono.  Aquí estamos, en esta trinidad de corazón, cuerpo y esencia. Gracias, por tanto. 

Gracias

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Myriam Villarreal
Myriam Villarreal
Invitado
4 meses antes

Que lindo, me encantó 🙂

Renata Aguado
Renata Aguado
Invitado
4 meses antes

Cynthia que bonita foto. Me siento identificada con tu viaje porque yo tengo hashimoto que es la enfermedad autoinmune opuesta a la tuya. Que horror es cuando escuchas que algo es de por vida, en ese momento se nos cae el mundo. Me encantó tu escrito porque en pocos párrafos comunicas algo que definió tu vida por un tiempo, para terminar hermosamente con un perdón. Eso es lo que me falta a mí yo creo. Muchas gracias por compartir, porque esto ayudará a muchos más que pasamos o estamos pasando por lo mismo. Que la serenidad me alcance al igual que a tí. Un abrazo!!

Cathy
Invitado
4 meses antes

Me encantó el texto. Gracias por ello. ❤️