Reto de Escritura #10

por | Feb 9, 2023

La memoria y los recuerdos son herramientas muy útiles para escribir. Estamos moldeados por aventuras, eventos, lugares y compañías que añoramos o bien, no queremos recordar. Esta semana te propongo que viajes al pasado a tu etapa escolar y escribas algún recuerdo especial para ti.

Te dejo mi ejercicio, como siempre, al final te cuento cómo lo construí.

La capilla era su lugar favorito del colegio. Aunque solo la llevaban para rezar o los jueves que había confesiones. El lugar tenía dos entradas. La más grande, por la que entraban las alumnas, era una eterna escalera que iniciaba en fondo del patio de secundaria, y hacia arriba. Alguna vez recuerda haber contado los escalones, quizás, seguro fueron más de 137, después de todo, la capilla se ubicaba en el tercer piso del edificio central al fondo del colegio. A los nueve años todo es inmenso, los lugares, las personas, los miedos. La otra entrada era a través de la casa de las madres, como debía llamar a las religiosas que dirigían el instituto. La madre Leonor era la directora, La madre Sarita era la más querida. La casa de las madres era el lugar prohibido. Era imposible entrar especialmente porque había que pasar inadvertida ante las vigilantes o chismosas que estuvieran fuera del salón y harían lo que fuera con tal de quedar bien con la maestra en turno.

Esa mañana se encontraba nerviosa, no tanto por el examen de cálculo mental que llegaría en cualquier momento, había algo más; su mamá estaba en el hospital y le realizarían una cirugía que papá llamó: importante.    Era un día templado, papá no tuvo tiempo de peinarla y olvido el suéter.

Penosa y preocupada como siempre se acercó a la maestra con un recado escrito en la libreta de tareas. Papá describió la situación a la maestra y solicitó permiso para que ella pudiera visitar la capilla durante la mañana.  Era algo inusual. Papá no iba al colegio, mucho menos mandaba recados, supongo que eso funcionó. Las hermanas de los pobres siervas del Sagrado Corazón de Jesús, eran estrictas y muy exigentes. Tenían votos de pobreza y caridad y su apostolado era la educación, así que no era raro que impartieran materias como educación en la fe, español y biología. Las religiosas regían el colegio con la máxima: si te doy permiso a ti, tengo que darle permiso a todas. Pero ese día, dieron permiso. Ella se sentía feliz, importante. Salió del salón ante la mirada curiosa de sus compañeras de tercero b. Ese permiso era especial. Ella se sentía diferente al resto.  Podría salir del edificio de primaria, cruzar los patios y llegar a la capilla. El patio se sentía vacío sin el bullicio de las otras niñas, sin los gritos y los juegos. Hasta el tiempo se movía diferente en los relojes de cada pasillo, los números parpadeaban sin cambiar los minutos. Solo deseo que no fallara el timbre para salir al recreo. El sol parecía suspendido en el cielo. Qué distinto se siente el silencio cuando no hay niñas, pensó.

137 escalones y una puerta de metal eran la distancia por vencer. Empujó la puerta blanca que chillaba con un eco grave y ahí estaba. La capilla tenía una luz preciosa y tibia. Los rayos de luz llegaban directo a una imagen del Sagrado Corazón que parecía seguirte con su mirada vidriosa y su corazón espinado y expuesto. Relámpagos mudos acariciaban el altar.  Y de golpe, el aroma. La capilla tenía un delicioso y suave perfume, una mezcla de flores e incienso, un olor que ella no ha vuelto a percibir. Entrar ahí equivalía a otra dimensión, se sentía tan diferente de cualquier otro sitio del colegio, de cualquier otro lugar al que ella hubiera visitado. Las gotitas de polvo armaban constelaciones suspendidas, la gracia de las velas bailando en sus vasos rojos, el sagrario con su cordero y su cruz custodiado por unos enormes cirios blancos. 

Recorrió las bancas de madera hasta encontrar el lugar perfecto para arrodillarse y orar como le dijo papá: dos aves marías y dos padres nuestros. Ella agregó la oración de buenos días, señor, su preferida, que no importaba si era tarde o noche, ella la repetía pensando que seguro a Dios le daría igual la hora del día, después de todo era un saludo.

Terminó de rezar y se quedó sentadita en la banca, sus pies no tocaban el suelo, así que se divirtió moviendo adelante y atrás sus zapatos escolares. Entonces la vio. Ella sonrió y avanzó directo a la banca. La madre vestía su tradicional falda gris y una blusa celeste abotonada hasta arriba, el cabello muy cortito, pero sus ojos eran distintos, la niña solo podía describir sus ojos como dos mordidas de paleta de pepino, irregulares, agridulces, un color entre verde y amarillo. Le sorprendió verla, no le daba clases ni tampoco trabajaba en las tienditas escolares, ni en las guardias a la entrada y salida de clases. Le agradó su compañía y especialmente que no la mandara de regreso al salón, al contrario, le pidió que se quedara un poquito más para peinarla.  La niña se emocionó y se dejó hacer. La madre le trenzó el cabello con dulzura, sin jalones, ni los típicos reclamos. Le dijo: ¡Lista, vete a tu salón, tu mami va a estar bien!  

Ella sonrió y se dejó abrazar por la madre. De nuevo el aroma. La madre olía igual que la capilla.

El sonido de la puerta la obligó a girar la cabeza. Era la maestra. 

_¿Ya terminaste? Ya te tardaste mucho.

No la dejó contestar cuándo le preguntó quién la había peinado tan bonito.

_Fue la madre.  

_¿Cuál madre? Aquí sólo estás tú.

Nunca la dejaron volver sola a la capilla ni siquiera los días que estaba despeinada.

TIP: Traté de darle un giro de sorpresa al final del cuento. Fui dando pistas para ir marcando la atmósfera inquietante mientras te distraía con la descripciones, esto con el fin de lograr un final inesperado para el lector.

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Francisco Padilla
Francisco Padilla
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1 año antes

Wuauuuuu qué maravilla

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