Alfonsina Storni. –poemas–

por | Oct 26, 2021

Alfonsina Storni. (Capriasca, Suiza, 1892 – Mar del Plata, Argentina, 1938) Poetisa argentina de ascendencia suiza. Destacó en el panorama literario hispanoamericano aportando la mirada femenina sobre el mundo y el movimiento modernista. Dueña de versos sentidos, llenos de dolor, cobijados con una sombra de melancolía y pesimismo, pero al mismo tiempo integrando un auge de amor y deseo.  

Te compartimos nuestros poemas favoritos de la gran Alfonsina.

Un sol

Mi corazón es como un dios sin lengua,

Mudo se está a la espera del milagro, 

He amado mucho, todo amor fue magro, 

Que todo amor lo conocí con mengua.

He amado hasta llorar, hasta morirme. 

Amé hasta odiar, amé hasta la locura, 

Pero yo espero algún amor natura 

Capaz de renovarme y redimirme.

Amor que fructifique mi desierto 

Y me haga brotar ramas sensitivas, 

Soy una selva de raíces vivas, 

Sólo el follaje suele estarse muerto.

¿En dónde está quien mi deseo alienta? 

¿Me empobreció a sus ojos el ramaje? 

Vulgar estorbo, pálido follaje 

Distinto al tronco fiel que lo alimenta.

¿En dónde está el espíritu sombrío 

De cuya opacidad brote la llama? 

Ah, si mis mundos con su amor inflama 

Yo seré incontenible como un río.

¿En dónde está el que con su amor me envuelva? 

Ha de traer su gran verdad sabida… 

Hielo y más hielo recogí en la vida: 

Yo necesito un sol que me disuelva.


La caricia perdida

Se me va de los dedos la caricia sin causa,

se me va de los dedos… En el viento, al pasar,

la caricia que vaga sin destino ni objeto,

la caricia perdida ¿quién la recogerá?

Pude amar esta noche con piedad infinita,

pude amar al primero que acertara a llegar.

Nadie llega. Están solos los floridos senderos.

La caricia perdida, rodará… rodará…

Si en los ojos te besan esta noche, viajero,

si estremece las ramas un dulce suspirar,

si te oprime los dedos una mano pequeña

que te toma y te deja, que te logra y se va.

Si no ves esa mano, ni esa boca que besa,

si es el aire quien teje la ilusión de besar,

oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos,

en el viento fundida, ¿me reconocerás?


Esta tarde

Ahora quiero amar algo lejano…

algún hombre divino

que sea como un ave por lo dulce,

que haya habido mujeres infinitas

y sepa de otras tierras, y florezca

la palabra en sus labios, perfumada:

suerte de selva virgen bajo el viento…

Y quiero amarlo ahora. Está la tarde

blanda y tranquila como espeso musgo,

tiembla mi boca y mis dedos finos,

se deshacen mis trenzas poco a poco.

Siento un vago rumor… Toda la tierra

está cantando dulcemente… Lejos,

los bosques se han cargado de corolas,

desbordan los arroyos de sus cauces

y las aguas se filtran en la tierra

así como mis ojos en los ojos

que estoy soñando embelesada…

Pero…

ya está bajando el sol tras de los montes,

las aves se acurrucan en sus nidos,

la tarde ha de morir y él está lejos…

lejos como este sol que para nunca

se marcha y me abandona, con las manos

hundidas en las trenzas, con la boca

húmeda y temblorosa, con el alma

sutilizada, ardida en la esperanza

de este amor infinito que me vuelve

dulce y hermosa…


El clamor

Alguna vez, andando por la vida,

por piedad, por amor,

como se da una fuente, sin reservas,

yo di mi corazón.

Y dije al que pasaba, sin malicia,

y quizá con fervor:

-Obedezco a la ley que nos gobierna:

He dado el corazón.

Y tan pronto lo dije, como un eco

ya se corrió la voz:

-Ved la mala mujer esa que pasa:

Ha dado el corazón.

De boca en boca, sobre los tejados,

rodaba este clamor:

-¡Echadle piedras, eh, sobre la cara;

ha dado el corazón!

Ya está sangrando, sí, la cara mía,

pero no de rubor,

que me vuelvo a los hombres y repito:

¡He dado el corazón!

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