Almudena

por | Ago 12, 2021

Ojalá exista otra vida, y en esa, me llame Almudena

El amor y la inmortalidad caben en un verso de Luis García Montero:  

“No por todo lo que la muerte me prometa, sino por todo aquello que no podrá quitarme”.  

La muerte no puede quitarnos la poesía.

Luis García Montero (Granada, 1958) poeta y ensayista, una de las voces más activas y ricas de España. Entre su obra hay diversos libros de ensayo, más de once poemarios y columnas de opinión. Almudena es la recopilación de los poemas amorosos a su esposa, la escritora Almudena Grandes, donde su apellido corona su talento.

La poesía de García Montero parte de lo cotidiano, del pensamiento recurrente, de aquello que nos aqueja como mortales en un mundo al que no comprendemos; García Montero prepara un hechizo. Transforma el lenguaje en una atmósfera, un universo paralelo que vive dentro del lector, donde sus versos funcionan como llaves para acceder a esos mundos internos.

Almudena inicia con La inmortalidad según ella.  La respuesta de Almudena Grandes al poema Inmortalidad de García Montero. Grandes, toma algunos versos y en su más estilo poético nos regala un verso aún más delicado y feroz, femenino, inevitable. Que refleja una complicidad más allá de la vida compartida; versos que parten del imaginario del otro y así dan vida a un nuevo poema juntos.  La inmortalidad según ella, es un destino. 

La inmortalidad, según ella

Y de pronto en el bosque se encendieron los árboles de las miradas insistentes.

Y de pronto, se enamoró de un poeta como nunca se había enamorado de alguien.

El mar tuvo labios de arena igual que las palabras dichas en un rincón

Fue al borde del mar, pero podría haber sido en el corazón descarnado del desierto más vasto, en la asfixiante atmósfera de una jungla inexplorada, en el más remoto de los planetas inertes, porque a su alrededor no existía nada, y nada había existido nunca, y nada llegaría a existir jamás.

El viento abrió sus manos y sus hoteles sus habitaciones

Primero se enamoró de él, su cuerpo del cuerpo de aquel hombre, su voz de aquella voz, su piel de la dulzura. Sólo después, mucho después, empezó a comprender que estaba predestinada a aquel amor, porque por amor había entrado la poesía a su vida.

Almudena es un libro de evocaciones y sensualidad como en los versos de La Noche:

También con tu desnudo. Esta definitiva

perfección de la noche en tu desnudo

me confirma la frágil certeza del destino,

Pues toda la intención del universo

fue llamarnos aquí.

García Montero tiene sus obsesiones, sus maletas de historias, los aviones custodiados por un beso, el recuerdo de Almudena cada vez que duerme y la inventa en sus sueños, cuando habita en su nombre y le deja escoger la ropa.  La noche es su intimidad, la hoguera que enciende el poema y convierte al amor en un género literario que le da sentido a la literatura y la vida. El desnudo un motivo recurrente en el poemario, pero como afirma García Montero da sentido al tiempo que escribe.

El autor parte del amor, el sentirse y saberse amado en su verso: saber que alguien me espera da sentido a la luz, ayuda a defenderme de mí mismo/ igual que los poemas que me importan.


La inmortalidad

Nunca he tenido dioses
y tampoco sentí la despiadada
voluntad de los héroes.
Durante mucho tiempo estuvo libre
la silla de mi juez
y no esperé juicio
en el que rendir cuentas de mis días.

Decidido a vivir, busqué la sombra
capaz de recogerme en los veranos
y la hoguera dispuesta
a llevarse el invierno por delante.
Pasé noches de guardia y de silencio,
no tuve prisa,
dejé cruzar la rueda de los años.
Estaba convencido
de que existir no tiene trascendencia,
porque la luz es siempre fugitiva
sobre la oscuridad,
un resplandor en medio del vacío.

Y de pronto en el bosque se encendieron los árboles
de las miradas insistentes,
el mar tuvo labios de arena
igual que las palabras dichas en un rincón,
el viento abrió sus manos
y los hoteles sus habitaciones.
Parecía la tierra más desnuda,
porque la noche fue,
como el vacío,
un resplandor oscuro en medio de la luz.

Entonces comprendí que la inmortalidad
puede cobrarse por adelantado.
Una inmortalidad que no reside
en plazas con estatua,
en nubes religiosas
o en la plastificada vanidad literaria,
llena de halagos homicidas
y murmullos de cóctel.
Es otra mi razón. Que no me lea
quien no haya visto nunca conmoverse la tierra
en medio de un abrazo.

La copa de cristal
que pusiste al revés sobre la mesa,
guarda un tiempo de oro detenido.
Me basta con la vida para justificarme.
Y cuando me convoquen a declarar mis actos,
aunque sólo me escuche una silla vacía,
será firme mi voz.

No por lo que la muerte me prometa,
sino por todo aquello que no podrá quitarme.

Ojalá exista otra vida, y en esa, tenga un novio poeta.

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